La caballera con la mano en el pecho
Centro de arte Bernardo Quintana
Exposición individual Yolanda Benalba
22 de Enero de 2026
La mano se posa directa sobre el pecho, acentuando un pliegue donde yace, posiblemente, una cicatriz de batalla. El caballero de la mano en el pecho es una de las obras más emblemáticas de El Greco, figura cumbre del Siglo de Oro español. Este periodo se distinguió por el uso dramático de luces y sombras en escenas tanto místicas como mundanas, mientras el estilo particular del autor inmortalizaba personajes de figuras estilizadas y cuerpos alargados.
Puesto que el título original no revela la identidad del protagonista, las hipótesis han oscilado desde el autorretrato del artista hasta la figura de Miguel de Cervantes. Sin embargo, ese mismo anonimato permite subvertir el retrato: imaginar que este hombre de apariencia noble —cuya lechuguilla y espada denotan estatus— es, en realidad, un modelo de clase obrera. No existe una base académica para esta lectura, sino el recuerdo subjetivo de la artista Yolanda Benalba durante su formación de grado.
Al final, la identidad exacta resulta secundaria; lo que prevalece es el gesto. Su delicadeza al tocarse el pecho nos incita a remover la prenda oscura, desgarrada por una pincelada de oro, para remarcar una herida oculta y dotarla de misticismo. Darle otro sentido a la gracia y dignidad del retrato permite a la artista utilizar la estética de la nobleza para exaltar que la clase trabajadora carga la honra en un organismo exhausto. El honor, entonces, reside en sostener un sistema que produce cuerpos agotados, donde una multiplicidad de dolencias revelan años de trabajo inscritos en la piel.
Así, Yolanda Benalba, en un ejercicio constante de subversión de los referentes de la historia del arte, convierte la pieza en La caballera con la mano en el pecho. En este primer video de una serie dedicada a mujeres trabajadoras del barrio de Nazaret, en Valencia, se presenta un Tableau Vivant donde Rosa, tía abuela de la artista, posa frente a la cámara replicando la solemnidad del noble. Despojada de artificios, con el torso desnudo y la marca de la mastectomía a la vista, Rosa resignifica el linaje de mujeres trabajadoras que, al jubilarse, resienten el paso del tiempo y sobre las que recae el peso de la enfermedad, específicamente del cáncer.
La palpitación introduce al espectador a la video-pintura a través de fragmentos. De manera no lineal, se genera una cartografía que recorre los pliegues, las manchas y la posición de las manos. Al palpitar le sigue la respiración. La artista acentúa en los cortes la inhalación y la exhalación, hasta que la escena se abre para revelarnos el cuadro entero. Rosa aparece sentada sobre su andadera como si esta fuera la espada del caballero. Mira a la cámara con una ligera sonrisa; su gesto no revela sus pensamientos, pero la disposición de sus brazos nos guía. Viste gustosa su pantalón de pijama a cuadros y unas pantuflas color caqui, afelpadas.
Sus uñas, pintadas de un rojo vibrante, remarcan el contraste al contacto con la piel. Con su mano derecha se sume con cuidado en la oquedad del pectoral, recorriendo la cicatriz resultante del cáncer de mama; una huella que atraviesa el pecho y se interna hacia la axila, señalando el lugar donde la vida fue intervenida. Mientras tanto, la otra mano descansa, ligeramente nerviosa, sobre el pantalón, anclando el retrato a una sensación de vulnerabilidad.
El video está despojado de los adornos y la estética alargada de El Greco para resaltar la enfermedad como escena cotidiana. Sin embargo, la artista se vale de la gorguera, ya no la de pliegues preciosos de lino, sino una confeccionada en tul cuyos volúmenes parecen una extensión de la piel rugosa. Este material económico, utilizado habitualmente como armazón invisible de otras prendas, adquiere aquí protagonismo; su porosidad otorga una sensación de carne en movimiento que se funde con el cuerpo.
Entre los vestigios del tiempo y el peso del trabajo, Rosa toma con fuerza un bate de béisbol que mantenía oculto, dejando su cicatriz al descubierto y llenando la pieza de humor y de un carácter crítico. En el objeto se lee: “Para cojones los míos”. Rosa se erige como una verdadera noble de la clase trabajadora que se ha impuesto a las violencias laborales y a las cargas de cuidado. Aquí, el caballero del Siglo de Oro cede su título a la caballera. No solo a ella, sino a todas las mujeres que, a través de sus marcas en el pecho, revelan todo lo que han sostenido.